Atticus Finch: “Que hayamos perdido cien veces antes de empezar no es motivo para que no intentemos vencer”

Mi tía-abuela adoraba a Gregory Peck, pero cuando éste se divorció no le gustó nada… ¡y se cambió a Robert Mitchum! Eran otros tiempos. Yo quiero pensar que, cuando años después vio “Matar a un ruiseñor” y conoció a Atticus Finch, pudo meterse en los zapatos de Peck y le “perdonó”. Sirva esta anécdota para presentar al más admirable personaje que Gregory Peck interpretó.

Lo último que supe de Atticus Finch, personaje que saltó al cine en 1962 desde la novela de Harper Lee, es que había sido nombrado “el héroe favorito del cine americano” por el American Film Institute. No sé qué opinaría él de tal distinción. Probablemente diría que no es más que un hombre intentando hacer las cosas correctamente.

Transcurren los años 30 y, con una Alabama en plena depresión económica como escenario de su historia, Atticus no va a tener las cosas fáciles. Sobre todo cuando, ejerciendo su profesión de abogado, acepta defender a Tom Robinson, un hombre negro acusado de violar a una joven blanca. En un lugar donde el racismo aún conserva fuertes raíces, su decisión no dejará indiferente a nadie, despertando incluso el odio. Pero si no defendiera a ese hombre traicionaría su profundo sentido de la justicia, sus ideales de respeto e igualdad. Si no lo hiciera, siente que ni siquiera podría educar a sus hijos con dignidad.

Porque Atticus Finch es también un viudo padre de familia. Quisiera mantener a sus hijos Jem, de 10 años, y la pequeña Scout, de 6, apartados de las cosas feas de la vida, pero sabe que no podrá, que deben descubrir el mundo tal como es, con sus bondades y sus miserias. Aunque, escondido tras su diario, permanezca más atento a sus pasos de lo que ellos sospechan. Con la ayuda de Cal, la criada de la familia, intentará hacer de ellos buenas personas. En el camino no podrá evitar que, aún habiéndoles prevenido del error que suponen los prejuicios, los niños y su amigo Dill (un pequeño fantasioso inspirado en Truman Capote), conviertan en pasatiempo favorito curiosear alrededor de la misteriosa casa vecina habitada por Boo Radley, al que temen sin haber visto, ajenos aún al importante regalo que éste les hará un día.

No podrá evitar que Scout pelee con cuanto niño la ofenda o que Jem le mire con admiración cuando, al cruzarse un perro rabioso en su camino, su padre dé en el blanco al primer tiro. Contrario a toda forma de violencia, Atticus intentará que comprendan que la valentía no está en saber disparar un arma sino en luchar aunque de antemano veamos perdida la batalla. Por eso veremos al mejor tirador del Condado, “armado” con su lámpara y un libro, haciendo guardia para proteger a Tom Robinson la noche en que un grupo de hombres buscará lincharlo. Lo que no ha previsto Atticus es que sean las preguntas inocentes de una niña las que desinflen finalmente tan violentas intenciones.

Y aunque no lo hubiera querido así, sus hijos presenciarán el juicio de Tom Robinson -ese hombre con todas las de perder sólo por el color de su piel- y su valiente y brillante alegato final en el que Atticus pondrá en evidencia la hipocresía vigente en la sociedad de la época. Al final de esta historia los niños habrán aprendido a entender a las personas poniéndose en su piel, habrán comprendido la maldad que supondría matar a un ruiseñor y habrán perdido buena parte de su inocencia. Pero Atticus estará con ellos para seguirles guiando.

Algunos piensan que Atticus Finch es demasiado perfecto para ser verdad. Dejadme pensar que están equivocados.

Mar.

ok

Robert Mulligan dirigió en 1962 la adaptación de “Matar a un ruiseñor”, con un maravilloso Gregory Peck en la piel de Atticus Finch