Gilda: “Si fuera un rancho me llamaría Tierra de nadie”

No la esperaba a ella, pero apareció como suele hacerlo, por sorpresa. ¡Que se lo digan a Johnny Farrell! “¿Qué pasa conmigo?”, me preguntó. “Con todo lo que hemos compartido. Si hasta una vez te disfrazaste…” Le encendí rápido el cigarrillo, más que nada para que se callase. Pero tenía razón. Gilda me enseñó que no se puede cerrar una ventana y dejar fuera las emociones. No basta con eso, no.

Es la primera vez que no reviso una película para hablar de ella, pero qué más da. Gilda (su nombre es el título, no puede haber otro) no habita la mejor de las películas. Poco importa. Como tampoco importa lo que dice esa canción – ¿alguien lo sabe? – que canta mientras se contonea, con su vestido de satén negro, a punto de quitarse el guante. Nadie puede quitarse un guante como ella. Probadlo, ya veréis.

Por eso, la España de finales de los 40 la recibió escandalizada. Incluso corrió el rumor de que Gilda no se conformaba con desprenderse del guante, que la censura nos había privado (bueno, yo aún no había nacido) de algo más. ¡Ay, la censura, que hizo que la gente la viera aún con más ganas! Pero no, nunca hubo más, ni falta que hizo…

Y todo ese número para vengarse de Johnny Farrell, jugador en busca de su suerte. El tipo que la abandonó en el pasado y con el que vuelve a encontrarse al casarse con el dueño de un Casino de Buenos Aires, que ha convertido a Johnny en su hombre de confianza. Un reencuentro en el que las chispas de la melena de Gilda, aún en blanco y negro, salpican a un perplejo Johnny. Y en el centro del ambiguo triángulo, el ni contigo ni sin ti de ambos, un vaivén de celos, despecho, orgullo y provocación. De deseos de dominar al otro. De amor y de odio… Que nos regala perlas como ésta:

      Gilda: Tú me odias ¿verdad?

     Johnny: No tienes idea hasta qué punto.

     Gilda: El odio es una emoción muy intensa ¿no lo has notado? Muy intensa. Yo también te odio. De tal modo que… creo que voy a morir, cariño.

Vaya par, ¿no?

Gilda, fuerza y fragilidad a la vez, fue una mujer fatal… a su pesar. Como la propia Rita Hayworth, que no pudo librarse nunca de su sombra y se quejó amargamente de que los hombres querían acostarse con Gilda y se despertaban con ella. Pero fue también una mujer que fingió ser más fatal de lo que era sólo para provocar al hombre de su vida. Que, perdóname Gilda, no sé si estaba a tu altura (aunque quién soy yo para juzgarte). La química entre ambos es sin embargo innegable.

En mis años de despreocupación juvenil alguna vez jugué a ser Gilda. “Si fuera un rancho me llamaría Tierra de nadie”, decía, y me reía. Hoy Gilda me acompaña en forma de melodía, de ésas que no importa lo que dicen, sino lo que evocan…

Mar.

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Gilda (Charles Vidor, 1946) o lo que es lo mismo, Rita Hayworth.

Mar.